EL PASO SUNCHULI: BOLIVIA

Wednesday, May 20, 2015

Desde nuestros primeros pasos en bicicleta, la sed de aventura ha estado muy presente en cada viaje. En nuestra juventud, suponía aventurarse hacia el extremo más recóndito del barrio. En ese momento, nuestros mundos parecían minúsculos, pero, conforme crecimos, la inmensidad de la vida también se tornó pequeña. Lo que antes se nos antojaba diminuto y comprensible se volvió intangible e inalcanzable poco a poco. La bici, sin embargo, nunca ha cedido en su capacidad para derribar fronteras, ya sean físicas o mentales.

Nuestros colegas de Yonder Journal comparten este sentimiento. Como entienden el valor intrínseco de la aventura, los hemos enviado en su búsqueda: deben encontrarla y seguirla a dondequiera que los lleve. A través de sus viajes, reconectaremos con la esencia del ciclismo, con el corazón aventurero de la bicicleta. Visita con frecuencia la web para seguir sus viajes, hazañas y hallazgos.

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NAVEGACIÓN POR ESTIMA: BOLIVIA

¿Existe algo más caprichoso que la suerte? Los caprichos de esta fuerza/idea/fantasía básica han catalizado dinastías y demolido imperios. Existe; la mayoría está de acuerdo en esto, pero ¿qué es la suerte? Algunos dicen no creer en ella: los racionalistas apasionados, la gente de números, los expertos en probabilidad, quienes piensan que pueden justificar la suerte sin más. Es un mito, un tema de fe, pura creencia. Pero, para mí, eso no encaja del todo. La fortuna y la desgracia no responden a simples cálculos matemáticos. Puede que sea cierto que cada uno tiene un concepto diferente de suerte —su poder, su voluntad— que se formula desde nuestra experiencia personal. No obstante, algo que sé que es mundialmente cierto es que la suerte no es algo en lo que podamos confiar, aunque sí es algo que siempre necesitamos. Nos dirigimos hacia los altos y dispersos Andes bolivianos, nuestra ruta podría definirse brevemente como una buena estimación y nuestro equipo había sido probado conceptual, pero no físicamente. La suerte iba a estar muy solicitada.

Éramos tres: Daniel Pasley, Kyle von Hoetzendorff y James Crowe. Daniel y yo trabajamos para/somos/hacemos Yonder Journal. Daniel saca las fotos, hace los chistes y analiza todos los detalles, mientras yo ayudo con la redacción, hago el trabajo sucio y, en general, simplemente intento seguir el ritmo. James volvió hace poco de un viaje de un año recorriendo en moto el continente, de cabo a rabo, desde Canadá hasta el punto más al sur de Sudamérica, ida y vuelta; una pequeña aventura llamada West America. Además de tener experiencia reciente en el campo, James es un cuentista de primera categoría y un terco, un tipo que hace aquello que se propone y que se crió en Whistler (Canadá) a base de una dieta de competición en bici.

Después de su aventura, James tenía debilidad por Bolivia y, tras mucho pensarlo y llamar a una pareja de senderistas viajeros con experiencia a los que había conocido en sus viajes, nuestro destino estaba decidido: íbamos a intentar andar en bicicleta por una ruta de trekking poco conocida y ubicada en una cadena montañosa geográficamente impresionante llamada la Cordillera de Apolobambas. La información era escasa dado que esta parte del mundo no ha experimentado un gran desarrollo lúdico y nuestra planificación incluía muchas conjeturas calculadas. Este no es el típico lugar con el que te tropiezas en Sip Wine y Snorkel Magazine. La pareja de senderistas a los que James consultó hizo la ruta en los noventa, cuando existía un fuerte sentimiento anti-norteamericano en la zona y poca infraestructura. Teníamos pocas razones para pensar que todo esto había cambiado.

La Cordillera de Apolobamba es difícil de encontrar en un mapa incluso sabiendo dónde mirar. Google Earth era nuestro recurso más fiable y accesible e incluso el poderoso Google parecía tener poco interés en el área. Los mapas de la mayoría de la ruta databan de finales de 1970. La información que pudiéramos encontrar no resultaba demasiado alentadora: íbamos a estar a gran altura, en un clima caprichoso y en carreteras en condiciones indeterminadas. Paralizados por la inmesidad de la incertidumbre, nuestro equipo tuvo problemas hasta para elegir la bicliceta apropiada. ¿Deberíamos llevar la auténtica AWOL, ya probada, que nos había visto atravesar las avalanchas y nevadas de Nueva Zelanda? ¿O la Fatboy, aún por estrenar, aparentemente incómoda, lenta y pesada? Al final, fue esta decisión, casi a cara o cruz, cómo la suerte nos llegó por primera vez.

Mirando atrás, no sé si podríamos haber completado nuestra ruta sin una bici fatbike. Las carreteras agresivamente decrépitas X el peso demoledor de nuestro equipo X la imponente verticalidad del terreno = Fatboy. Ni y, ni si, ni pero. No podríamos haberlo sabido en ese momento, pero esta decisión desencandenó una sucesión de eventos afortunados. Incluso los intentos horribles, unidos después en la persuasión propia de la retrospectiva, ilustran cómo la oportunidad y la suerte estaban de nuestro lado. La suerte te pondrá a prueba; a veces te deja los apuntes de repaso, otras tienes que estudiar, estudiar, estudiar y lo que, a simple vista, parece un perjuicio evidente, con el tiempo, revelará su auténtica virtud.

Talismanes, gasolina de contrabando, mujeres con bigote, funcionarios gubernamentales, lugareños varados, hoteles recientemente estrenados, mineros que silban y mediodías sin niebla; todo esto y más jugó un papel fundamental en la saga de nuestra buena suerte. Algunos resultan obvios, otros solo cobraron sentido una vez examinamos la miasma de la memoria. Estos eventos y encuentros fortuitos únicos estaban conectados, vaga y, después, más firmemente. Así, uno hacía posible el siguiente y cada conclusión sucesiva se materializaba gracias a la totalidad de los eventos precedentes. Sin embargo, el futuro no está escrito y la vida depende de la suerte y la apuesta por la aventura solo aumenta el riesgo y exige más suerte.

Fue la suerte la que nos envió al conductor de nuestra camioneta, medio borracho y medio resacoso, dos horas más tarde la mañana de nuestro primer día. No obstante, su tardanza posibilitó que conociéramos a Edgar, un guardabosques del SERNAP (Servicio Nacional de Áreas Protegidas), que al final del día de repente nos invitó a su casa justo cuando el sol y la temperatura descendían. Así, pudimos pasar una larga noche en vela tan solo inquietos por los efectos de la altitud en la comodidad de un espacio limpio y seco, en lugar de una noche en vela fría y húmeda sintiéndonos tensos por estar expuestos al viento y a las vicisitudes del Altiplano.

¿Y acaso no fue suerte tomar el camino equivocado en un cruce no señalizado muy por encima del pueblito de Pelechuco? Recorrimos el paso equivocado y bajamos el valle incorrecto, donde conocimos a unos lugareños que estaban abandonados a su suerte y quienes nos advirtieron que estábamos yendo por el camino érroneo. Sí, tuvimos que desandar lo andado y acampar a gran altitud, pero al día siguiente de haber tomado el sendero correcto por el camino adecuado, bajando el valle acertado, llegamos al pueblito de Hilo Hilo, donde, por casualidad, coincidimos con los jefes del lugar. Nos dejaron estrenar su enorme y turístico hotel azul. Era todo un hotel, repleto de decoración de principios de los noventa y camas de tamaño estándar. De haber tomado la ruta correcta el día anterior, no cabe duda de que habríamos pasado el pueblo sin más, acampando en algún hoyo de barro a un lado de la carretera o en una casucha entre la neblina.

Tuvimos suerte y lo agradecimos enormemente. Aquellos que siguen Yonder Journal saben que la Señora Suerte* no tiene un gran historial a la hora de bendecir nuestros viajes en bici. En el pasado, el clima, los fallos mecánicos y en la ruta, así como las heridas, han minado nuestro equipo, obligándonos a acortar nuestras aventuras más a menudo de lo que nos habría gustado. Pero en Bolivia estaba de nuestro lado; alrededor de 8 pasos de más de 14.000 pies de altura, uno de los cuales era, incluso, de 17.000 y la mayoría de más de 15.000. Cuando estábamos agotados y extrañábamos el confort del hogar, la suerte dispuso que aparecieran en nuestro campamento un par de mineros que silbaban y que nos dijeron qué sendero agarrar cuando la carretera acabara. La suerte también mantuvo la niebla a raya durante nuestro último día en la montaña, lo justo y suficiente como para permitirnos decidir qué ruta tomar al otro lado del valle.

Todas las noches me aferraba a mi amuleto, una increíble pieza de artesanía forjada por nuestro amigo el mago Mike Cherney en las misteriosas montañas del mítico estado de Jefferson. Al estar fabricado por un mago, estos amuletos (Daniel y yo teníamos uno cada) reforzaban nuestra fortuna. Y al caer la noche llevaba el mío, con la esperanza de que el día siguiente me deparara la misma suerte que el anterior.

Finalmente acabamos la ruta, llegando de vuelta a La Paz incluso un día antes de lo previsto. En los confines seguros de nuestro hotel, la suerte no fue tan generosa con el estómago de James. Aunque fue un episodio desafortunado, tuvimos el lujo de una señal de wifi débil, camas secas, baños con cisternas y café preparado; así que, teniendo en cuenta todo esto, era mejor que le pasara entonces y no durante el viaje.

Aún quedan muchas aventuras y espero que no agotáramos toda nuestra buena suerte en Bolivia. Pero con las cimas de los Andes rayando el cielo como una fila de dientes de lobo blancos como la nieve, estaba feliz sabiendo que tuvimos la suerte suficiente para volver a casa.

*Simplemente una expresión popular. Yonder Journal cree firmemente que la suerte podría, fácilmente, ser un hombre; o, si la suerte decidiera recorrer otro camino, podría decidir no autoindentificarse con ningún género y ser, simplemente, suerte.

Since our very first days on the bike, the allure of adventure has been at the very heart of the ride. In the days of our youth, it meant striking out to the furthest outskirts of the neighborhood. Our worlds felt small then, but as we grew, so did life's enormity. What once seemed small and understandable slowly became intangible and out of reach. The bike, however, has never waivered in its ability to break down borders, whether physical or mental.

Our friends at Yonder Journal share this feeling. They understand the intrinsic value of adventure, which is why we've dispatched them to seek it out and follow it wherever it might lead. Through their travels, we'll reconnect to the essence of riding, to the adventurous heart of the bicycle. Check back often to follow their travels, exploits, and finds.

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DEAD RECKONING: BOLIVIA

Is there anything more capricious than luck? The vagaries of this elemental force/idea/figment have catalyzed dynasties and razed empires. It exists; most would agree on that, but what is luck? There are a few who say they don’t believe in it, your ardent rationalists, numbers guys, probability experts who feel like they can just explain luck away. It’s a myth, a matter of faith, just belief. But that just doesn’t sit right with me. Fortune and misfortune do not make for simple math. It might be true that each of us has a different concept of luck - its power, its will - and this is formulated from our own experience. However, one thing that I know to be universally true is that luck is not something that you can depend on, yet it is always something that you need. We were headed into the high and spare Bolivian Andes, our route could be succinctly defined as a good guess, and our equipment had been conceptually but not physically tested. Luck would be in high demand.

There were three of us; Daniel Pasley, Kyle von Hoetzendorff, and James Crowe. Daniel and I work for/are/do Yonder Journal. Daniel takes the photos, cracks the jokes, and thinks through every little detail while I help with the writing, do the grunt work, and in general just try to keep up. James recently returned from a one-year tip to tail and back again motorcycle trip from Canada to southernmost South America, a little adventure called West America. In addition to having fresh on the ground experience, James is a first-rate fabricator and bullheaded character, a can-do/will-do character raised in Whistler on a diet of bicycle racing.

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